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May 26, 2011
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Salimos de Llanes y la conduje por el camino hacia la playa de Poo. Me encantaba esa carretera, rodeada de vida y frescor. A los lados la adornaban los prados verdes infinitos, delimitados por frondosos bosques de deliciosos eucaliptos. Durante el viaje ella no me dirigió una palabra, sólo noté que poco a poco me iba quedando sin respiración debido a la fuerza que estaba ejerciendo con sus brazos alrededor de mis costillas. Tuve que mencionárselo varias veces para que aflojase, y ella me respondió con una tímida risita. Tomé un camino a la derecha no asfaltado, por el que pegando unos cuantos botes sobre los pedruscos que había encallados en el suelo, llegamos a nuestro destino. Era el camino hacia Celorio. Paré la scooter en la zona de acantilados donde se podía observar la maravillosa playa de Poo, ya mencionada antes. Le ayudé a bajar, aparqué la scooter a un lado del camino y me senté sobre la hierba blanda y fresca, impidiendo que ella hiciese lo mismo. Le indiqué que hiciese lo que yo le dijera, que iba a ser el mejor día de su vida.
-"Cierra tus ojos, sé que no hace falta, pero tú hazlo. Y ahora respira el aire, siente el sol, escucha las olas de la playa… Disfruta."
   Y así lo hizo. Al principio, era tímida, daba pasos inciertos, se sentía observada, pero en cuestión de minutos cambió su actitud, apoderada por la libertad y la belleza de aquel lugar. Era una tarde cálida y preciosa, el sol desprendía una mágica luz dorada que rozaba su piel. La leve brisa marina golpeaba las plantas, llevándose el dulce polen al cielo y acariciando nuestro olfato con su empalagoso aroma. Las olas de la playa chocaban contra las erosionadas paredes de piedra de los acantilados. Y así, junto con los graznidos de las gaviotas, componían una sinfonía única y maravillosa. Ella, conmovida por aquel paraíso, elevaba sus manos jugando a tocar el cielo y bailaba con las mariposas salvajes que le enredaban el cabello. Se le veía disfrutar como a un niño en una tarde de verano. Con la euforia todavía en su cuerpo se acercó a mí, adivinando mi escondite. Se sentó al  lado mío e intentó en vano mirarme directamente a los ojos; yo cerré sus párpados:

-No es necesario ver para sentirse feliz, porque la felicidad se encuentra aquí.- Le toqué con el dedo índice entre el pecho, señalando su corazón.
    Como hechizado, recordé sus ojos, los más bonitos que jamás había contemplado y nos abrazamos como hermanos, dejándonos llevar por aquella maravillosa tarde de primavera.





                                        FIN
aqui esta la parte final de mi pequño relato. espero que os haya gustado =P
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